Los dedos de tu mano derecha no me volverían a acariciar y cuando lo hacían el tacto de algo tan muerto me hacía pensar que quizá el problema no estuviera en tu mano derecha, sino que mi piel se había quemado hacía tiempo, se había destruido bajo el sol que refleja directamente en tu ventana de la que nunca me alejaba, no importaba que me abrasasen las llamas, solo quería escuchar tu risa.